mi carácter, si cree que puedo dejarme influir por persuasiones de esta índole. Hasta qué punto su sobrino aprobaría su intromisión en sus asuntos, no sabría decirlo; pero desde luego usted no tiene ningún derecho a inmiscuirse en los míos. Le ruego, por tanto, que no se me importune más sobre este asunto”.
—No tan deprisa, si me hace el favor. Ni mucho menos he terminado. A todas las objeciones que ya he expuesto, aún tengo otra que añadir. No me son desconocidos los detalles de la infame fuga de su hermana menor. Lo sé todo; que el matrimonio del joven con ella fue un asunto remendado a expensas de su padre y de su tío. ¿Y ha de ser semejante muchacha la hermana de mi sobrino? ¿Ha de ser su cuñado el hijo del que fuera administrador de su difunto padre? ¡Cielo santo! ¿En qué está pensando usted? ¿Han de verse así manchadas las sombras de Pemberley?