Esto se dijo en tono de broma, pero le pareció un retrato tan certero del señor Darcy que no se atrevió a confiar en su propia voz para responderle y, por lo tanto, cambiando abruptamente de conversación, siguió hablando de asuntos indiferentes hasta que llegaron a la rectoría.
Allí, encerrada en su propia habitación, tan pronto como su visitante los dejó, pudo pensar sin interrupción en todo lo que había oído. No cabía suponer que se refiriera a otras personas que no fueran aquellas con las que ella estaba emparentada. No podían existir en el mundo dos hombres sobre los cuales el señor Darcy pudiera ejercer una influencia tan ilimitada.
Que él había estado involucrado en las medidas tomadas para separar al señor Bingley y a Jane, nunca lo había dudado; pero siempre le había atribuido a la señorita Bingley el diseño principal y la organización de las mismas. Si su propia vanidad, sin embargo, no lo engañaba, él era la causa; su orgullo y su capricho eran la causa de todo lo que Jane había sufrido y seguía sufriendo. Había arruinado por un tiempo toda esperanza de felicidad para el corazón más afectuoso y generoso del mundo; y nadie podía decir cuán duradero podría haber sido el mal que había infligido.
—Había objeciones muy fuertes contra la joven —fueron las palabras del coronel Fitzwilliam—, y esas objeciones fuertes probablemente fueran que tenía un tío que era procurador de provincia y otro que se dedicaba a los negocios en Londres.
—En cuanto a la propia Jane —exclamó—, no cabría la menor posibilidad de objeción. ¡Si es todo encanto y bondad! Con un entendimiento excelente, el espíritu cultivado y modales cautivadores. Tampoco se le podría argüir nada a mi padre, quien, aunque con ciertas peculiaridades, posee unas aptitudes que el propio señor Darcy no tendría por qué desdeñar, y una respetabilidad a la que él probablemente jamás llegará.