—¡Oh! —exclamó Elizabeth—, estoy divertidísima. ¡Pero es muy extraño!
—Sí—eso es lo que lo hace divertido. Si se hubiesen fijado en cualquier otro hombre, no habría tenido gracia; ¡pero su perfecta indiferencia y tu marcada antipatía lo hacen tan deliciosamente absurdo! Por mucho que aborrezca escribir, no renunciaría a la correspondencia del señor Collins por nada del mundo. Es más, cuando leo una carta suya, no puedo evitar darle la preferencia incluso sobre Wickham, por mucho que valore la desvergüenza y la hipocresía de mi yerno. Y dime, Lizzy, ¿qué dijo lady Catherine sobre este rumor? ¿Vino a denegar su consentimiento?
A esta pregunta su hija respondió únicamente con una risa; y como había sido hecha sin la menor sospecha, a ella no le turbó que él la repitiera. Elizabeth nunca se había visto tan apurada para hacer que sus sentimientos pareciesen lo que no eran.
Era necesario reír, cuando más bien habría querido llorar. Su padre la había mortificado crueldades más allá de lo soportable con lo que dijo de la indiferencia del señor Darcy, y ella no podía hacer otra cosa que maravillarse ante semejante falta de perspicacia, o temer que tal vez, en vez de haber visto él muy poco, ella se hubiese imaginado demasiado.