Elizabeth se las arregló entonces para sentarse junto a su tía. Su primer tema fue su hermana; y se sintió más afligida que asombrada al oír, en respuesta a sus minuciosas preguntas, que, aunque Jane siempre luchaba por mantener el ánimo, había momentos de abatimiento. Era razonable esperar, sin embargo, que no duraran mucho.
La señora Gardiner le dio también los pormenores de la visita de la señorita Bingley a Gracechurch-street, y le repitió conversaciones mantenidas en distintas ocasiones entre Jane y ella misma, las cuales demostraban que la primera había renunciado de corazón a aquel conocimiento.
La señora Gardiner se burló entonces de su sobrina por la deserción de Wickham, y la felicitó por llevarlo tan bien.
—Pero, querida Elizabeth —añadió—, ¿qué clase de muchacha es la señorita King? Me sabría mal pensar que nuestro amigo es un interesado.
—Dígame, querida tía, ¿cuál es la diferencia en los asuntos matrimoniales entre el motivo mercenario y el prudente? ¿Dónde termina la discreción y empieza la avaricia? Las Navidades pasadas temía usted que se casara conmigo por ser una imprudencia, y ahora, porque intenta conseguir a una muchacha con solo diez mil libras, quiere hacer ver que es un mercenario.
“Si tan solo me dices qué clase de muchacha es la señorita King, sabré qué pensar”.
“Es una muchacha muy buena, creo yo. No sé nada malo de ella”.
“Pero él no le prestó la menor atención, hasta que la muerte de su abuelo la convirtió en dueña de esta fortuna”.
“No—¿por qué habría de hacerlo? Si no le era permitido ganarse mi afecto porque yo no tenía dinero, ¿qué motivo habría para cortejar a una muchacha que no le importaba y que era igualmente pobre?”