apogeo de su trato. El elogio que le había dispensado la señora Reynolds no era de poca monta. ¿Qué alabanza es más valiosa que la de un criado inteligente? Como hermano, terrateniente y amo, ¡consideró de cuántas personas dependía la felicidad bajo su tutela! ¡Cuántos momentos de placer o de dolor estaba en su mano otorgar! ¡Cuánto bien o mal debía causar por su obra! Todas las ideas que había propuesto el ama de llaves eran favorables a su carácter, y mientras ella permanecía de pie ante el lienzo que lo representaba, fijando sus ojos en los de él, pensó en su afecto con un sentimiento de gratitud más profundo de lo que jamás antes había suscitado; recordó su fervor y aminoró la impropiedad de su expresión.
Cuando se hubo visto todo lo de la casa que estaba abierto a la inspección general, regresaron abajo y, despidiéndose del ama de llaves, fueron entregados al jardinero, que salió a su encuentro en la puerta del vestíbulo.
Mientras cruzaban el césped hacia el río, Elizabeth se volvió para mirar de nuevo; sus tíos se detuvieron también, y mientras el primero conjeturaba sobre la fecha de la construcción, el dueño en persona salió de repente al encuentro desde el camino que pasaba por detrás hacia las caballerizas.
Se hallaban a menos de veinte yardas el uno del otro, y fue tan repentina su aparición que resultó imposible evitar verlo. Sus ojos se encontraron al instante, y las mejillas de ambos se cubrieron del más profundo sonrojo.
Él dio un respingo y por un momento pareció inmóvil de sorpresa; pero, recuperándose al poco tiempo, avanzó hacia el grupo y le habló a Elizabeth, si bien no con términos de absoluta serenidad, al menos de perfecta cortesía.
Ella se había apartado por instinto; pero, deteniéndose al verle acercarse, recibió sus cumplidos con una turbación imposible de superar.