agradar, tan exento de presuntuosidad o de inflexible reserva como ahora, cuando ningún provecho podía derivarse del éxito de sus empeños, y cuando incluso el trato con aquellos a quienes dirigía sus atenciones le acarrearía la burla y la censura de las damas tanto de Netherfield como de Rosings.
Sus visitantes se quedaron con ellos más de media hora y, cuando se levantaron para marchar, el señor Darcy le pidió a su hermana que se uniera a él para expresar su deseo de que el señor y la señora Gardiner y la señorita Bennet fueran a cenar a Pemberley antes de marcharse de la región.
La señorita Darcy, aunque con una timidez que denotaba que no estaba muy acostumbrada a hacer invitaciones, obedeció de inmediato. La señora Gardiner miró a su sobrina, deseosa de saber qué disposición tenía ella —a quien más concernía la invitación— respecto a aceptarla, pero Elizabeth había vuelto la cabeza hacia otro lado.
Suponiendo, sin embargo, que aquella estudiada evasiva denotaba más bien un apuro momentáneo que desagrado ante la propuesta, y viendo en su marido, a quien le agradaba la compañía, una total buena disposición para aceptarla, se atrevó a confirmar la asistencia de ella, y se fijó la fecha para pasada mañana.
Bingley expresó gran satisfacción ante la certeza de ver a Elizabeth de nuevo, ya que aún tenía mucho que decirle y muchas preguntas que hacerle sobre todos sus amigos de Hertfordshire. Elizabeth, interpretando todo esto como un deseo de oírla hablar de su hermana, se alegró; y por este motivo, así como por algunos otros, se encontró, cuando sus visitantes se fueron, capaz de considerar la última media hora con cierta satisfacción, aunque mientras transcurría, el disfrute de esta hubiera sido escaso.