—A menudo pienso —dijo ella— que no hay nada tan malo como separarse de los amigos. Uno se siente muy desamparado sin ellos.
—Esta es la consecuencia, señora, de casar a una hija —dijo Elizabeth—; debe de dejarla más satisfecha de que sus otras cuatro sigan solteras.
“No es nada de eso. Lydia no se va de mi lado por estar casada; sino únicamente porque el regimiento de su marido está muy lejos. Si hubiese estado más cerca, no se habría marchado tan pronto”.
Pero el estado de abatimiento en que este acontecimiento la había sumido no tardó en verse aliviado, y su mente volvió a abrirse a la agitación de la esperanza gracias a una noticia que entonces empezó a circular.
El ama de llaves de Netherfield había recibido órdenes de preparar la llegada de su amo, quien vendría en uno o dos días para pasar allí varias semanas cazando. La señora Bennet estaba de los nervios. Miraba a Jane, sonreía y negaba con la cabeza alternativamente.
—Vaya, vaya, y con que el señor Bingley va a instalarse por aquí, hermana —(pues la señora Philips le había llevado la noticia en primer lugar).
—Vaya, tanto mejor. No es que a mí me importe, desde luego. Él no es nada para nosotras, ya sabes, y te aseguro que jamás he querido volver a verle. Pero, en fin, es muy bienvenido a Netherfield, si le apetece. ¿Y quién sabe lo que puede pasar? Pero eso no es nada para nosotras. Ya sabes, hermana, que hace mucho tiempo acordamos no volver a decir una sola palabra sobre el asunto. Y entonces, ¿es del todo seguro que viene?
—Puede usted estar segura —respondió la otra—, pues la señora Nicholls estuvo en Meryton anoche; la vi pasar y salí a propósito para averiguar la verdad, y me aseguró que es totalmente cierto. Él vendrá el