Pero los deseos eran vanos; o en el mejor de los casos solo podían servir para distraerla en el apresuramiento y la confusión de la hora siguiente.
De haber tenido Elizabeth tiempo para estar ociosa, habría seguido convencida de que cualquier ocupación era imposible para alguien tan desdichado como ella; pero a ella le tocaba su parte de tarea tanto como a su tía, y entre otras cosas había que escribir notas a todas sus amistades en Lambton, dando falsas excusas por su repentina partida.
En una hora, sin embargo, todo estuvo concluido; y habiendo liquidado entretanto el señor Gardiner su cuenta en la posada, no quedaba nada por hacer sino partir; y Elizabeth, tras toda la miseria de la mañana, se encontró, en menos tiempo de lo que hubiera podido imaginar, sentada en el carruaje y camino de Longbourn.