Cuando pensaba en su madre, en verdad, su seguridad flaqueaba un poco, pero no quería admitir que las objeciones en ese sentido tuvieran un peso material para el señor Darcy, cuyo orgullo, estaba convencida, recibiría una herida más profunda por la falta de importancia de los allegados de su amigo que por su falta de sensatez; y al fin decidió por completo que él se había visto guiado en parte por esta peor clase de orgullo, y en parte por el deseo de reservar al señor Bingley para su hermana.
La agitación y las lágrimas que el tema había provocado le causaron un dolor de cabeza, y este empeoró tanto hacia el atardecer que, sumado a su poca disposición para ver al señor Darcy, la determinó a no acompañar a sus primos a Rosings, donde estaban invitados a tomar el té.
La señora Collins, al ver que se encontraba realmente mal, no insistió en que fuera y, en la medida de lo posible, evitó que su marido insistiera, pero el señor Collins no pudo ocultar su temor de que Lady Catherine se disgustara un tanto por su decisión de quedarse en casa.