estuviera desfigurada por el error; se ha dicho de él que era constitucionalmente inexacto. Por ejemplo, había visitado la ciudad de Adelaida en Australia: «Vimos», dice, «bajo nosotros, en una cuenca con un río que la serpenteaba, una ciudad de 150.000 habitantes, ninguno de los cuales ha conocido jamás ni conocerá un solo momento de ansiedad en cuanto a la regularidad recurrente de sus tres comidas al día». Así Froude, ahora los hechos: Adelaida está construida sobre una eminencia; ningún río la atraviesa; cuando Froude la visitó, la población no superaba los 75.000 habitantes, y por entonces sufría una hambruna. Y más de la misma calaña.
Froude era perfectamente consciente de la utilidad de la crítica, y fue incluso uno de los primeros en Inglaterra en basar el estudio de la historia en el de los documentos originales, tanto inéditos como publicados; pero su conformación mental lo hacía totalmente inapto para la enmienda de textos; de hecho, los masacraba, sin intención, cada vez que los tocaba.
Así como el daltonismo (una afección de los órganos de la vista que impide a un hombre distinguir correctamente entre las señales rojas y verdes) incapacita para el empleo en un ferrocarril, la inexactitud crónica, o «enfermedad de Froude» (una dolencia no muy difícil de diagnosticar), debería considerarse incompatible con el ejercicio profesional de la erudición crítica.
La enfermedad de Froude no parece haber sido estudiada jamás por los