los consejos que han recibido.
Esto asentado, se ha dado un gran paso. Pues los programas, como sabemos, regulan el estudio. En virtud de la autoridad de los programas, los estudios históricos en las Facultades tendrán ahora el triple carácter que es de desear que posean.
- La cultura general no dejará de ser honrada.
- Los ejercicios técnicos de crítica e investigación tendrán su lugar legítimo.
- Por último, la pedagogía (teórica y práctica) no será desatendida.
Las dificultades comienzan cuando se intenta determinar cuáles son las pruebas que, en cada departamento, son las mejores, es decir, las más concluyentes.
Sobre este tema las opiniones difieren. Aunque nadie discute ya los principios, los modos de aplicación que hasta ahora se han probado o sugerido no cuentan con la aprobación unánime.
La organización de la licenciatura ha sido revisada tres veces; el estatuto relativo a la agrégation de historia ha sido reformado o enmendado cinco veces. Y esto no es el fin. Se imponen nuevas simplificaciones.
Pero, ¿qué importancia tiene esta inestabilidad —de la cual, sin embargo, se empiezan a oír quejas— si está demostrado, como creemos que lo está, que el progreso hacia un estado de cosas mejor ha sido continuo a través de todos estos cambios, sin ningún retroceso notable?
No hay necesidad de explicar aquí en detalle los diferentes sistemas transitorios que se han puesto en práctica. Ya hemos tenido ocasión de criticarlos en