psicólogos, ni debe considerarse, en verdad, como una entidad patológica separada. Todo el mundo comete errores «por descuido», «por inadvertencia» y de muchas otras maneras. Lo anormal es cometer muchos errores, cometerlos siempre, a pesar de los esfuerzos más perseverantes por ser exactos. Probablemente este fenómeno esté relacionado con la debilidad de la atención y la actividad excesiva de la imaginación involuntaria (o subconsciente), que la voluntad del paciente, carente de fuerza y estabilidad, es incapaz de controlar lo suficiente. La imaginación involuntaria se entromete en las operaciones intelectuales solo para viciarlas; su papel es colmar los vacíos de la memoria con conjeturas, magnificar y atenuar las realidades, y confundirlas con los productos de la pura invención. La mayoría de los niños lo distorsionan todo mediante una inexactitud de este tipo, y solo tras una dura batalla logran alcanzar una escrupulosa precisión; es decir, aprenden a dominar su imaginación. Muchos hombres siguen siendo niños, en este aspecto, durante toda su vida.
Pero, sean cuales fueren las causas psicológicas de la enfermedad de Froude, otro punto reclama nuestra atención. El hombre de mente más sensata y mejor equilibrada es propenso a echar a perder los tipos más simples de trabajo crítico si no les concede el tiempo necesario. En estos asuntos la precipitación es la fuente de innumerables errores. Con razón se dice que la paciencia es la virtud cardinal del estudioso.
No trabajar con demasiada