resultados se han obtenido mediante métodos dignos de confianza. Los más escrupulosos llegan al extremo de no admitir nada hasta haber vuelto a realizar por sí mismos el trabajo sobre los documentos. Esta fue la actitud adoptada por Fustel de Coulanges.
Apenas es posible satisfacer esta norma tan exigente en el caso de los períodos poco conocidos, cuyos documentos se reducen a unos pocos volúmenes; y, sin embargo, algunos han llegado tan lejos como para sostener el dogma de que ningún historiador debe trabajar jamás de segunda mano. Esto es, en efecto, lo que un historiador se ve obligado a hacer cuando los documentos son demasiado numerosos para que pueda leerlos todos; pero no lo dice, para evitar el escándalo.
Sería mejor reconocer la verdad con franqueza. Una ciencia tan compleja como la historia, en la que los hechos deben acumularse ordinariamente por millones antes de que sea posible formular conclusiones, no puede edificarse sobre este principio de empezar continuamente de nuevo.
La construcción histórica no es una obra que pueda hacerse con documentos, del mismo modo que la historia no puede "escribirse a partir de manuscritos", y por la misma razón: la brevedad del tiempo. Para que la ciencia pueda avanzar es necesario combinar los resultados de miles de investigaciones de detalles.
Pero ¿cómo hemos de proceder en vista de que la mayoría de las investigaciones se han llevado a cabo sobre métodos que,