preocupación por el efecto que desean producir.
No, que quede bien entendido, que la «forma» carezca de importancia, o que, siempre y cuando se haga inteligible, el historiador tenga derecho a emplear un lenguaje incorrecto, vulgar, descuidado o torpe.
El desprecio por la retórica, por los diamantes de imitación y las flores de papel, no excluye el gusto por un estilo puro y vigoroso, conciso y denso. Fustel de Coulanges era un buen escritor, a pesar de que durante toda su vida recomendó y practicó la evitación de la metáfora.
Por el contrario, no vemos ningún inconveniente en repetir que el historiador, dada la extrema complejidad de los fenómenos que se compromete a describir, tiene la obligación de no escribir mal. Pero debe escribir siempre bien, y no engalanarse jamás con baratijas.
# CONCLUSIÓN
I. La historia no es más que la utilización de documentos. Pero es cuestión de azar que los documentos se conserven o se pierdan. De ahí el papel predominante desempeñado por el azar en la formación de la historia.
La cantidad de documentos existentes, si no de los conocidos, está dada; el tiempo, a pesar de todas las precauciones que hoy en día se toman, la disminuye continuamente; jamás aumentará. La historia tiene a su disposición un caudal limitado de documentos; esta misma circunstancia limita el progreso posible de la ciencia histórica. Cuando todos los documentos sean conocidos y hayan pasado por las