documentos que se contradicen entre sí; en tales casos se han visto obligados a dudar y, tras el examen, a admitir la existencia de error o mendacidad; así, la crítica negativa ha aparecido como una necesidad práctica con el propósito de eliminar las afirmaciones que son obviamente falsas o erróneas. Pero el instinto de confianza es tan indestructible que hasta ahora ha impedido incluso a los dedicados profesionalmente a ello sistematizar la crítica interna de los testimonios de la misma manera que se ha sistematizado la crítica externa que se ocupa del origen de los documentos. Los historiadores, en sus obras, e incluso los escritores teóricos sobre el método histórico, se han conformado con nociones comunes y fórmulas vagas en llamativo contraste con la terminología precisa de la investigación crítica de las fuentes. Se contentan con examinar si el autor era poco más o menos contemporáneo de los acontecimientos, si era testigo ocular, si era sincero y estaba bien informado, si conocía la verdad y deseaba decirla, o incluso —resumiendo toda la cuestión en una sola fórmula— si era digno de confianza.
Esta crítica superficial es ciertamente mejor que ninguna crítica en absoluto, y ha bastado para dar a quienes la han aplicado la conciencia de una superioridad incontestable. Pero no es más que una etapa intermedia entre la credulidad común y el método científico. Aquí, como en toda ciencia, el punto de