de examinar el origen y el valor de un documento sobre la historia de ayer; de lo contrario, si no hay en él una improbabilidad escandalosa, y mientras no sea contradicho, nos lo tragamos entero, depositamos en él nuestra fe, lo pregonamos y, si es necesario, lo embellecemos en el proceso.
Todo hombre sincero debe admitir que se requiere un esfuerzo violento para sacudirse la ignavia critica, esa forma común de pereza intelectual, que este esfuerzo debe repetirse continuamente y que a menudo va acompañado de un dolor real.
El instinto natural de un hombre en el agua es hacer precisamente aquello que le hará ahogarse infaliblemente; aprender a nadar significa adquirir el hábito de reprimir los movimientos espontáneos y realizar otros en su lugar.
De igual modo, la crítica no es un hábito natural; debe ser inculcada, y solo se vuelve orgánica a base de una práctica continuada.
El trabajo histórico es, por tanto, eminentemente crítico; quien se adentra en él sin haber sido advertido primero contra su propio instinto, seguro que se ahoga en él. Para apreciar el peligro, conviene hacer examen de conciencia y analizar las causas de esa ignavia contra la cual hay que luchar hasta que sea reemplazada por una actitud mental crítica. También resulta muy saludable familiarizarse con los principios del método histórico y analizar su teoría, uno por uno, como nos proponemos hacer en el presente volumen.