horror y pavor. Descubrir faltas en su obra firmada cuando ya ha pasado el momento de corregirlas les causa un sufrimiento agudo. Llegan por fin a un estado de ansiedad enfermiza y escrupulosidad que les impide hacer absolutamente nada por miedo a posibles imperfecciones. El examen rigorosum al que se someten continuamente los detiene por completo. Miden con la misma vara las producciones ajenas y, al final, en las obras históricas no ven más que las fuentes y las notas, el apparatus criticus, y en el apparatus criticus no ven más que los defectos susceptibles de corrección.
Hipercrítica.—El exceso de crítica, exactamente igual que la más burda ignorancia, conduce al error. Consiste en la aplicación de cánones críticos a casos fuera de su jurisdicción. Es a la crítica lo que la disquisición bizantina es a la lógica. Hay personas que olfatean enigmas en todas partes, incluso donde no los hay. Toman textos perfectamente claros y los sutilizan hasta volverlos dudosos, bajo el pretexto de librarlos de corrupciones imaginarias. Descubren indicios de falsificación en documentos auténticos. ¡Un extraño estado mental! Al precaverse constantemente contra el instinto de credulidad, acaban por sospechar de todo. Hay que señalar que, a medida que la crítica de textos y fuentes avanza positivamente, el peligro de la hipercrítica aumenta. Cuando todas las fuentes de la historia hayan sido debidamente criticadas (para ciertas partes de la historia antigua esto no es