la mente del autor. Este procedimiento es excusable a lo más en el caso de documentos del siglo diecinueve, escritos por hombres cuyo lenguaje y modo de pensamiento nos resultan familiares, y solo entonces cuando no hay más de una interpretación posible. Se vuelve peligroso tan pronto como los hábitos de lenguaje o de pensamiento del autor empiezan a diferir de los del historiador que lo lee, o cuando el sentido del texto no es obvio e indiscutible.
Quienquiera que, al leer un texto, no se ocupe exclusivamente del esfuerzo por comprenderlo, se arriesga sin duda a leer en él sus propias impresiones; le llaman la atención frases o palabras del documento que corresponden a sus propias ideas, o concuerdan con su propia noción a priori de los hechos; inconscientemente, desliga estas frases o palabras y compone con ellas un texto imaginario que interpone en el lugar del texto real del autor.
II. Aquí, como siempre en la historia, el método consiste en reprimir el primer impulso. Es necesario compenetrarse del principio, bastante obvio pero a menudo olvidado, de que un documento solo contiene las ideas del hombre que lo escribió, y hacer de ello una regla para comenzar por comprender el texto por sí mismo, antes de preguntar qué puede extraerse de él con fines históricos. Llegamos así a esta regla general de método: el estudio de todo documento debe comenzar con un análisis de