no podemos pasar por alto, porque explican el origen de ciertos estados de sociedad y constituyen los puntos de partida de las evoluciones. ¿Cómo podríamos estudiar las instituciones o la evolución de Francia si ignoráramos la conquista de la Galia por César y la invasión de los bárbaros?
Esta necesidad de estudiar los hechos singulares ha hecho que se diga que la historia no puede ser una ciencia, pues toda ciencia tiene por objeto lo que es general.
La historia se encuentra aquí en la misma situación que la cosmografía, la geología, la ciencia de las especies animales: no es el conocimiento abstracto de las relaciones generales entre los hechos, es un estudio que tiene como objetivo explicar la realidad.
Ahora bien, la realidad solo existe una vez. Ha habido una sola evolución del mundo, de la vida animal, de la humanidad. En cada una de estas evoluciones, los hechos sucesivos no han sido el producto de leyes abstractas, sino de la confluencia, en cada momento, de varias circunstancias de distinta naturaleza.
Esta confluencia, llamada a veces azar, ha producido una serie de accidentes que han determinado el curso particular tomado por la evolución. La evolución solo puede comprenderse mediante el estudio de estos accidentes; la historia se encuentra aquí en pie de igualdad con la geología o la paleontología.
Así la historia científica puede remontarse a los accidentes, o acontecimientos, que la historia tradicional reunía