ocurrieron en realidad. Lo que un autor expresa no es siempre lo que creía, pues pudo haber mentido; lo que creía no es necesariamente lo que sucedió, pues pudo haberse equivocado. Estas proposiciones son obvias. Y, sin embargo, un primer impulso natural nos lleva a aceptar como verdadera toda afirmación contenida en un documento, lo cual equivale a asumir que ningún autor mintió o fue engañado jamás; y esta credulidad espontánea parece poseer un alto grado de vitalidad, pues persiste a pesar de los innumerables casos de error y mendacidad que la experiencia diaria pone ante nosotros.
La reflexión se ha impuesto a los historiadores en el curso de su trabajo por la circunstancia de haber hallado