es imposible extraer información fidedigna de la leyenda mediante ningún procedimiento. Debemos resignarnos a tratar la leyenda como un producto de la imaginación; podemos buscar en ella las concepciones de un pueblo, no los hechos externos de la historia de ese pueblo. La regla será rechazar toda afirmación de origen legendario; y esto no se aplica únicamente a las narraciones en forma legendaria: una narración que tenga apariencia histórica, pero que esté fundada en los datos de la leyenda, los primeros capítulos de Tucídides por ejemplo, debe ser igualmente descartada.
En el caso de la transmisión escrita queda por averiguar si el autor reprodujo su fuente sin alterarla. Esta investigación forma parte del examen crítico de las fuentes, en la medida en que este puede llevarse a cabo mediante la comparación de textos. Pero cuando la fuente ha desaparecido nos vemos reducidos a la crítica interna. Nos preguntamos, ante todo, si el autor pudo haber tenido información exacta; de otro modo, su afirmación carece de valor. A continuación, nos planteamos la pregunta general: ¿Tenía el autor la costumbre de alterar sus fuentes y de qué manera? Y con respecto a cada afirmación de segunda mano por separado, nos preguntamos si tiene la apariencia de ser una reproducción exacta o una reelaboración. Juzgamos por la forma: cuando nos encontramos con un pasaje cuyo estilo no armoniza con el cuerpo principal de la composición, tenemos ante nosotros