sentido común. Y, admitiendo la existencia de aquellos que, sin haber aprendido nunca a razonar, siempre razonan bien, por un don de la naturaleza, sería fácil contraponer a estas excepciones innumerables casos en los que la ignorancia de la lógica, el uso de métodos irracionales, la falta de reflexión sobre las condiciones del análisis y la síntesis históricos, han despojado a la obra de los especialistas y de los historiadores de gran parte de su valor.
La verdad es que, de todas las ramas de estudio, la historia es, sin duda, aquella en la que es más necesario que los estudiantes tengan una conciencia clara de los métodos que utilizan. La razón es que en la historia los métodos instintivos son, como no nos cansaremos de repetir, métodos irracionales; por lo tanto, se requiere cierta preparación para contrarrestar el primer impulso. Además, los métodos racionales para obtener conocimiento histórico difieren tanto de los métodos de todas las demás ciencias, que es necesaria cierta percepción de sus rasgos distintivos para evitar la tentación de aplicar a la historia los métodos de aquellas ciencias que ya han sido sistematizadas. Esto explica por qué los matemáticos y los químicos pueden prescindir, más fácilmente que los historiadores, de una «introducción» a su disciplina. No es necesario insistir más ampliamente en la utilidad de la metodología histórica, pues es evidente que no revisten