descuidando los valiosos y explorando a fondo los inútiles, recuerdan que ellos también han pasado por experiencias similares: que cada uno tenga su turno. Los que observan con pesar esta pérdida de tiempo y fuerzas consideran que, aunque inevitable hasta cierto punto, no sirve para ningún buen propósito; se preguntan si no podría hacerse algo para mitigar el rigor de este aprendizaje de la heurística, que en su día les costó tan caro.
Además, ¿no es la investigación, en el estado actual de sus auxilios materiales, bastante difícil sea cual fuere la experiencia del investigador?
Hay eruditos e historiadores que dedican la mejor parte de sus facultades a las búsquedas materiales. Ciertas ramas del trabajo histórico, relativas principalmente a asuntos medievales y modernos (los documentos de la historia antigua son menos, han sido más estudiados y están mejor catalogados que los otros), implican no meramente el uso asiduo de catálogos —no todos provistos de índices—, sino también la inspección personal del contenido entero de colecciones inmensas que o bien están mal catalogadas o no lo están en absoluto.
La experiencia prueba fuera de toda duda que la perspectiva de estas largas búsquedas, que deben realizarse antes de que pueda comenzar la parte más intelectual del trabajo, ha disuadido, y continúa disuadiendo, a hombres de excelentes capacidades de emprender la labor histórica. Se enfrentan, de hecho, a un dilema: * o bien deben trabajar con un