literaria de los «divulgadores».
Al divulgador se le exime de la investigación original; pero debe conocer todo lo importante que se haya publicado sobre su tema, debe estar al día y haber meditado por sí mismo las conclusiones a las que han llegado los especialistas. Si no ha hecho personalmente un estudio especial del tema que se propone tratar, es evidente que debe documentarse, y la tarea es larga. Para el divulgador profesional existe una fuerte tentación de estudiar superficialmente unas pocas monografías recientes, de hilvanar o combinar apresuradamente extractos de ellas y, para hacer este pastiche más atractivo, de engalanarlo, en la medida de lo posible, con "ideas generales" y gracias externas. La tentación es tanto más fuerte debido a la circunstancia de que la mayoría de los especialistas no muestran interés por las obras de divulgación, de que estas obras son, por lo general, lucrativas, y de que el gran público no se encuentra en condiciones de distinguir claramente entre la divulgación honesta y la falsa. En suma, hay algunos, por absurdo que parezca, que no dudan en resumir para otros lo que no se han tomado el trabajo de aprender por sí mismos, y en enseñar aquello que ignoran. De ahí que, en la mayoría de las obras de divulgación histórica, aparezcan inevitablemente tachas de toda especie, que los bien informados siempre señalan con placer, pero con un placer en el que