usos populares; pues es posible que el autor haya obtenido el total que proporciona mediante un proceso de valoración conjetural (esta es la práctica habitual al indicar el número de combatientes o de muertos en una batalla), o combinando totales subsidiarios que no eran todos exactos; es posible que haya hecho extensivo a todo un pueblo, a todo un país, a todo un período, aquello que solo era verdad para un pequeño grupo conocido por él.
VI. Estas dos primeras series de preguntas, relativas a la buena fe y a la exactitud de las declaraciones del documento, se basan en la suposición de que el autor ha observado el hecho por sí mismo. Este es un rasgo común a todos los informes de observaciones en las ciencias establecidas. Pero en la historia hay tal escasez de observaciones directas, incluso de un valor moderado, que nos vemos obligados a aprovechar documentos que cualquier otra ciencia rechazaría. Tómese cualquier relato al azar, aunque sea obra de un contemporáneo, y se verá que los hechos observados por el autor nunca son más que una parte del total. En casi todos los documentos, la mayoría de las afirmaciones no proceden del autor de primera mano, sino que son reproducciones de las declaraciones de otros. Aun cuando un general relata una batalla en la que mandaba, no comunica sus propias observaciones, sino las de sus oficiales; su relato es en