la que no deban componerse de la misma manera, aparte de las simplificaciones y omisiones que se sugieren por sí mismas. Y, de hecho, existen resúmenes sintéticos, sustanciales y legibles, en los que no se avanza ninguna afirmación que no esté respaldada tácitamente por referencias sólidas, en los que las adquisiciones de la ciencia se enuncian con precisión, se explican juiciosamente y se ponen claramente de relieve su significado y su valor. Los franceses, gracias a sus dotes naturales de tacto, destreza y precisión mental, sobresalen por regla general en este departamento. Se han publicado en nuestro país artículos de revista y obras de alta divulgación en las que se han condensado hábilmente los resultados de una serie de trabajos originales, de un modo que se ha ganado la admiración de los mismísimos especialistas que, mediante sus pesadas monografías, han hecho posibles estas obras. Nada hay, sin embargo, más peligroso que la divulgación. De hecho, la mayoría de las obras de divulgación no se ajustan al ideal moderno de la exposición histórica; encontramos en ellas frecuentemente pervivencias del ideal antiguo, el de la antigüedad, el Renacimiento y la escuela romántica.
La explicación es sencilla. Los defectos de las obras históricas destinadas al gran público —defectos que a veces son enormes y han desacreditado, ante muchas mentes capaces, a las obras divulgativas en su conjunto— son consecuencia de la insuficiente preparación o de la inferior educación