al significado real, que el autor ha disfrazado deliberadamente bajo una forma inexacta.
Lógicamente el problema es muy embarazoso: no existe un criterio externo fijo mediante el cual podamos asegurarnos de detectar un sentido oblicuo; en el caso de la superchería, que en el presente siglo se ha convertido en una rama de la literatura, es parte esencial del plan del autor no dejar ningún indicio que delate la broma.
En la práctica podemos tener la seguridad moral de que un autor no está empleando un sentido oblicuo siempre que su objetivo principal sea ser comprendido; por lo tanto, no es probable que encontremos dificultades de esta clase en documentos oficiales, en cartas ni en narraciones históricas. En todos estos casos, la forma general del documento nos permite asumir que está escrito en el sentido literal de las palabras.
Por otra parte, debemos estar preparados para los sentidos oblicuos cuando el autor tenía otros intereses distintos al de ser comprendido, o cuando escribía para un público que podía entender sus alusiones y leer entre líneas, o cuando cabía esperar que sus lectores, en virtud de una iniciación religiosa o literaria, comprendieran sus simbolismos y figuras retóricas. Este es el caso de los textos religiosos, las cartas privadas y todas aquellas obras literarias que forman una parte tan importante de los documentos sobre la antigüedad. Así, el arte de reconocer y determinar significados ocultos en los