un horizonte lejano), el buen sentido ordenará detenerse. Pero los eruditos se negarán a detenerse; refinarán, como ya lo hacen sobre los textos mejor establecidos, y quienes refinan caerán inevitablemente en la hipercrítica. > «La peculiaridad del estudio de la historia y de sus ciencias filológicas auxiliares», dice Renan, «es que, tan pronto como han alcanzado su perfección relativa, empiezan a destruirse a sí mismas». La hipercrítica es la causa de esto.
Diletantismo.—Los eruditos por profesión y vocación tienen la tendencia a tratar la crítica externa de los documentos como un juego de habilidad, difícil, pero que suscita interés, muy al modo del ajedrez, por la complejidad misma de sus reglas. A algunos de ellos les son indiferentes las grandes cuestiones; de hecho, la historia misma. Critican por el placer de criticar y, a su juicio, la elegancia del método de investigación es mucho más importante que los resultados, cualesquiera que estos sean. A estos virtuosi no les preocupa vincular sus labores a alguna idea general —criticar sistemáticamente, por ejemplo, todos los documentos relativos a una cuestión para poder comprenderla—; critican sin discriminación textos referentes a toda clase de temas, con la única condición de que estén suficientemente corrompidos. Armados con su destreza crítica, recorren todo el dominio de la historia y se detienen allí donde un intrincado problema reclama sus servicios; una vez resuelto, o al menos debatido este problema, marchan a otra parte