joven McCarthy. Señala, y con razón, la discrepancia sobre que su padre le hubiera hecho señales antes de verlo, así como su negativa a dar detalles de su conversación con su padre, y su singular relato de las últimas palabras de este. Todo ello, como señala, se vuelve muy en contra del hijo.
Holmes se rio entre dientes para sus adentros y se estiró en el asiento acolchado.
—Tanto usted como el forense se han tomado ciertas molestias —dijo—, en destacar los puntos más favorables para el joven. ¿No ve que usted alternativamente lo elogiaba por tener demasiada imaginación y muy poca? Muy poca, si no pudo inventar un motivo de disputa que le granjeara la simpatía del jurado; demasiada, si extrajo de su propia conciencia algo tan estrafalario como una referencia agonizante a una rata, y el incidente del paño desaparecido.
—No, señor, abordaré este caso desde el punto de vista de que lo que dice este joven es verdad, y veremos a dónde nos conduce esa hipótesis. Y ahora aquí tengo mi Petrarca de bolsillo, y ni una palabra más diré sobre este caso hasta que estemos en el escenario de los hechos. Almorzamos en Swindon, y veo que estaremos allí dentro de veinte minutos.
Eran casi las cuatro cuando por fin, después de atravesar el hermoso valle de Stroud y cruzar el ancho y brillante Severn, nos encontramos en la bonita y pequeña localidad campestre de Ross.
Un hombre delgado y con cara de hurón, de aspecto furtivo y taimado, nos esperaba en el andén. A pesar del abrigo de color marrón claro y las polainas