medio de todo el bullicio del vendaval, estalló el grito desgarrador de una mujer aterrorizada. Supe que era la voz de mi hermana.
Salté de la cama, me envolví en un chal y corrí hacia el pasillo. Al abrir la puerta me pareció oír un silbido bajo, tal como mi hermana había descrito, y unos momentos después un sonido metálico, como si una masa de metal hubiera caído. Mientras corría por el pasillo, la puerta de mi hermana estaba abierta y giraba lentamente sobre sus goznes. La miré horrorizada, sin saber qué iba a salir de ella.
A la luz de la lámpara del pasillo vi aparecer a mi hermana en la abertura, con el rostro pálido por el terror, las manos tanteando en busca de ayuda, y toda su figura oscilando de un lado a otro como la de un borracho. Corrí hacia ella y la rodeé con mis brazos, pero en ese momento sus rodillas parecieron fallarle y cayó al suelo. Se retorcía como quien sufre un dolor terrible, y sus extremidades sufrían espasmos espantosos.
Al principio pensé que no me había reconocido, pero al inclinarme sobre ella, de repente lanzó un grito con una voz que jamás olvidaré: «¡Ay, Dios mío! ¡Helen! ¡Era la banda! ¡La banda manchada!». Hubo algo más que habría querido decir, y señaló con el dedo en el aire hacia la habitación del doctor, pero un nuevo ataque de convulsiones la sacudió y ahogó sus palabras.
Salí corriendo, llamando a grandes voces a mi padrastro, y me encontré con que él venía apresuradamente desde su