se levantó a medias de su silla e hizo una reverencia de saludo, con una rápida y diminuta mirada inquisitiva desde sus pequeños ojos rodeados de grasa.
—Pruebe el sofá —dijo Holmes, recostándose de nuevo en su sillón y juntando las puntas de los dedos, como era su costumbre cuando se hallaba de humor analítico.
“Sé, mi querido Watson, que usted comparte mi amor por todo lo que es bizarro y sale de las convenciones y la monótona rutina de la vida cotidiana. Ha demostrado su gusto por ello mediante el entusiasmo que le ha impulsado a narrar y, si me disculpa la expresión, a embellecer un tanto tantas de mis propias pequeñas aventuras”.
—Sus casos me han resultado verdaderamente de lo más interesantes —observé.
“Recordará que el otro día, justo antes de adentrarnos en