que pudiera decirnos y la presentaría a las autoridades competentes. El caso, de ese modo, no llegaría nunca a los tribunales.
—¡Dios le bendiga! —exclamó el prisionero con pasión—. Habría soportado el encarcelamiento, sí, incluso la ejecución, antes que haber legado mi miserable secreto como una mancha familiar a mis hijos.
“Ustedes son los primeros que han escuchado mi historia.
Mi padre era maestro de escuela en Chesterfield, donde recibí una excelente educación. Viajé en mi juventud, me subí a los escenarios y finalmente me convertí en reportero de un periódico vespertino en Londres.
Un día mi editor quiso publicar una serie de artículos sobre la mendicidad en la metrópolis, y me ofrecí voluntario para redactarlos. Ahí estuvo el punto del que partieron todas mis aventuras. Solo probando la mendicidad como aficionado