sorpresa y tal vez un poco de resentimiento, ya que yo mismo era de hábitos regulares.
—Siento mucho despertarle, Watson —dijo—, pero esta mañana nos toca a todos por igual. A la señora Hudson la han despertado, ella se ha desquitado conmigo, y yo con usted.
“¿Qué es entonces, un incendio?”
—No; una clienta. Parece que ha llegado una joven en un estado de considerable agitación que insiste en verme. Está esperando ahora en la salita.
Ahora bien, cuando las jóvenes andan por la metrópolis a esta hora de la mañana, y despiertan a la gente adormecida sacándola de la cama, supongo que es algo muy urgente lo que tienen que comunicar.
Si resulta ser un caso interesante, estoy seguro de que querrá seguirlo desde el principio. Pensé, en cualquier caso, que debía llamarlo y darle la oportunidad.
—Querido amigo, no me lo perdería por nada del mundo.
No tenía mayor placer que el de seguir a Holmes en sus investigaciones profesionales, y el de admirar las rápidas deducciones, tan veloces como intuiciones y sin embargo siempre fundadas en una base lógica, con las que desenredaba los problemas que se le presentaban.
Me vestí rápidamente y en pocos minutos estuve listo para acompañar a mi amigo a la planta baja. Una señora vestida de negro y con un pesado velo, que había estado sentada junto a la ventana, se levantó cuando entramos.
—Buenos días, señora —dijo Holmes alegremente—. Me llamo Sherlock Holmes. Este es mi íntimo amigo y colaborador, el doctor Watson, ante quien puede hablar con la misma libertad que ante