dificultad—.
—De ninguna manera. Beba esto.
Eché un chorrito de brandy en el agua, y el color comenzó a volver a sus mejillas exangües.
—¡Así está mejor! —dijo él—. Y ahora, doctor, tal vez tenga la amabilidad de atender mi pulgar, o más bien el lugar donde solía estar mi pulgar.
Desenrolló el pañuelo y tendió la mano. Hasta a mis nervios, ya endurecidos, les dio un escalofrío con solo mirarla. Había cuatro dedos salientes y una horrible superficie roja y esponjosa donde debería haber estado el pulgar. Había sido cortado o arrancado de cuajo desde la raíz.
—¡Santo cielo! —exclamé—, esto es una herida terrible. Debe de haber sangrado considerablemente.
«Sí, así fue. Me desmayé cuando terminó y creo que debí de estar sin sentido durante mucho tiempo. Cuando volví en mí, vi que