Al repasar mis notas sobre los más de setenta casos en los que durante los últimos ocho años he estudiado los métodos de mi amigo Sherlock Holmes, encuentro muchos trágicos, algunos cómicos, un gran número meramente extraños, pero ninguno corriente; pues, trabajando como lo hacía más por amor al arte que por la adquisición de riqueza, se negaba a asociarse con cualquier investigación que no tendiera hacia lo inusual, e incluso lo fantástico.
Sin embargo, de todos estos variados casos, no recuerdo ninguno que presentase características más singulares que aquel relacionado con la conocida familia de Surrey de los Roylott de Stoke Moran. Los hechos en cuestión ocurrieron en los primeros tiempos de mi asociación con Holmes, cuando compartíamos piso de solteros en Baker Street.
Es posible que ya los haya consignado por escrito anteriormente, pero en su momento hice una promesa de secreto de la cual solo me he visto liberado durante el último mes debido al prematuro fallecimiento de la dama a quien diera tal palabra. Quizá sea mejor que los hechos salgan ahora a la luz, pues tengo razones para saber que corren numerosos rumores acerca de la muerte del doctor Grimesby Roylott que tienden a hacer el asunto aún más terrible que la verdad misma.
Era a principios de abril del año 83 cuando me desperté una mañana y encontré a Sherlock Holmes de pie, completamente vestido, al lado de mi cama.
Por lo general se levantaba tarde, y como el reloj de la chimenea me indicó que apenas eran las siete y cuarto, lo miré parpadeando con cierta