menor idea de cuáles eran.
—El lunes pasado había terminado por el día y me estaba vistiendo en mi habitación, encima del fumadero de opio, cuando miré por la ventana y vi, para mi horror y asombro, que mi esposa estaba en la calle, con los ojos fijos en mí. Pegué un grito de sorpresa, alcé los brazos para cubrirme la cara y, corriendo hacia mi confidante, el lascar, le supliqué que impidiera que nadie subiera a verme. La oí abajo, pero sabía que no podía subir. Con rapidez me quité la ropa, me puse la de un mendigo y me coloqué los pigmentos y la peluca. Ni los ojos de una esposa podían traspasar un disfraz tan completo. Pero entonces se me ocurrió que tal vez registrarían la habitación y que la ropa podría delatarme. Abrí la ventana de par en par, reabriendo con mi violencia un pequeño corte que me había hecho en el dormitorio esa mañana. Luego agarré mi chaqueta, que pesaba por las monedas de cobre que acababa de pasar a ella desde la bolsa de cuero en la que llevaba mis ganancias. La arrojé por la ventana y desapareció en el Támesis. El resto de la ropa habría corrido la misma suerte, pero en ese momento se oyó una avalancha de agentes de policía por la escalera y, pocos minutos después, descubrí —más bien, lo confieso, para mi alivio— que, en vez de ser identificado como el señor Neville St. Clair, me habían arrestado como su asesino.
—No sé si me queda algo más por explicar. Estaba decidido a preservar