el reloj marca unos minutos después de las cuatro, no tengo duda de que este resultará ser nuestro noble cliente. Ni se le ocurra irse, Watson, pues prefiero mucho tener un testigo, aunque solo sea como control de mi propia memoria.
—Lord Robert St. Simon —anunció nuestro botones, abriendo la puerta de par en par.
Entró un caballero, de rostro apuesto y culto, de nariz prominente y pálido, con algo quizá de petulancia en torno a la boca, y con la mirada firme y muy abierta de un hombre cuyo afortunado destino ha sido siempre mandar y ser obedecido. Sus modales eran enérgicos y, sin embargo, su aspecto general transmitía una falsa impresión de edad, pues al caminar presentaba una ligera inclinación del cuerpo hacia adelante y una leve flexión de las rodillas. Su cabello, también, al quitarse el sombrero de ala muy rizada, estaba entrecano en las sienes y escaso en la coronilla. En cuanto a su indumentaria, era esmerada hasta el límite de la afectación, con cuello alto, levita negra, chaleco blanco, guantes amarillos, zapatos de charlón y polainas de colores claros. Avanzó lentamente hacia el interior de la habitación, girando la cabeza de izquierda a derecha y balanceando en su mano derecha el cordón que sostenía sus quevedos de oro.
—Buenos días, lord St. Simon —dijo Holmes, levantándose e inclinándose—. Le ruego que tome la mecedora de mimbre. Este es mi amigo y colega, el doctor Watson. Acérquese un poco al fuego y hablaremos de este asunto.
–Un asunto de lo más doloroso para mí,