de la droga, haciéndome señas hacia una litera vacía.
“Gracias. No he venido a quedarme —dije—. Hay un amigo mío aquí, el señor Isa Whitney, y deseo hablar con él”.
Hubo un movimiento y una exclamación a mi derecha, y atisbando a través de la penumbra, vi a Whitney, pálido, ojeroso y desaliñado, que me miraba fijamente.
“¡Dios mío! Es Watson”, dijo. Se hallaba en un estado lamentable de abatimiento, con todos los nervios a flor de piel. “Diga, Watson, ¿qué hora es?”.
“Casi las once”.
“¿De qué día?”
“Del viernes 19 de junio”.
—¡Dios mío! Pensé que era miércoles. Es miércoles. ¿A qué viene asustar así a uno?
Hundió el rostro en los brazos y comenzó a sollozar en un tono agudo.
—Te digo que es viernes, hombre. Tu esposa lleva dos