De todos los problemas que le fueron presentados a mi amigo, el señor Sherlock Holmes, para su resolución durante los años de nuestra intimidad, solo hubo dos en los que yo fui el intermediario para llamar su atención: el del pulgar del señor Hatherley y el de la locura del coronel Warburton. De estos, el segundo tal vez haya ofrecido un campo más propicio para un observador agudo y original, pero el primero fue tan extraño en su origen y tan dramático en sus detalles que quizás sea más digno de ser consignado por escrito, aun cuando le brindara a mi amigo menos oportunidades para aquellos métodos deductivos de razonamiento con los que logró resultados tan notables. El relato ha sido contado, según creo, más de una vez en los periódicos, pero, como todas las narraciones de ese tipo, su efecto resulta mucho menos impactante cuando se expone en bloc en una sola media columna de imprenta que cuando los hechos se van desarrollando lentamente ante los propios ojos y el misterio se disipa de manera gradual a medida que cada nuevo descubrimiento aporta un paso que conduce a la verdad completa. En su momento, las circunstancias me causaron una profunda impresión, y el transcurso de dos años apenas ha servido para debilitar ese efecto.
Fue en el verano del 89, poco después de mi matrimonio, cuando ocurrieron los hechos que ahora me dispongo a resumir.
Había vuelto al ejercicio libre de la profesión y por fin había abandonado a Holmes en sus habitaciones de Baker Street, aunque iba a verle con frecuencia y de vez en cuando incluso lograba