oscuridad.
—¡Dios mío! —susurré—; ¿lo viste?
Holmes se quedó por un momento tan desconcertado como yo. Su mano se cerró como una mordaza sobre mi muñeca en su agitación. Luego prorrumpió en una baja risa y acercó sus labios a mi oreja.
—Es una casa agradable —murmuró—. Ese es el babuino.
Me había olvidado de las extrañas mascotas que le daba por tener al doctor. Había también un guepardo; tal vez podríamos encontrarlo sobre nuestros hombros en cualquier momento. Confieso que me sentí más tranquilo cuando, tras seguir el ejemplo de Holmes y quitarme los zapatos, me vi dentro del dormitorio.
Mi compañero cerró los postigos sin hacer ruido, acercó la lámpara a la mesa y echó una ojeada alrededor de la estancia. Todo estaba tal como lo habíamos visto durante el día. Luego, acercándose sigilosamente a mí y haciendo una bocina con la mano, me susurró al oído de nuevo, tan suavemente que me costó un enorme esfuerzo distinguir las palabras:
“El más mínimo sonido sería fatal para nuestros planes.”
Asentí para demostrar que había oído.
“Debemos sentarnos sin luz. Él la vería por el respiradero”.
Asentí de nuevo.
“No te duermas; en ello te puede ir la vida. Ten la pistola lista por si acaso la necesitamos. Yo me sentaré en el borde de la cama, y tú en esa silla”.
Saqué mi revólver y lo puse sobre la esquina de la mesa.
Holmes había traído una caña larga y delgada, y la colocó sobre la cama a su lado. Junto a ella dejó la caja de cerillas y el cabo