Había ido a visitar a mi amigo Sherlock Holmes la segunda mañana después de Navidad, con la intención de felicitarle las fiestas.
Estaba recostado en el sofá con una bata morada, un atril para pipas a su alcance a la derecha, y cerca una pila de periódicos matutinos arrugados, evidentemente recién estudiados.
Al lado del sofá había una silla de madera, y en el ángulo del respaldo colgaba un sombrero duro, muy ajado y de aspecto indecente, bastante estropeado por el uso y agrietado por varias partes.
Una lente y unas pinzas sobre el asiento de la silla sugerían que el sombrero había sido colgado de ese modo con el propósito de ser examinado.
—Estás ocupado —dije—; tal vez te interrumpo.
—De ningún modo. Me alegra tener un