“Había un párrafo que ampliaba esto en una de las gacetillas de la alta sociedad de la misma semana. Ah, aquí está: «Pronto se reclamará proteccionismo en el mercado matrimonial, pues el actual principio de libre cambio parece perjudicar gravemente a nuestro producto nacional. Uno a uno, la administración de las casas nobles de Gran Bretaña va pasando a manos de nuestras bellas primas de más allá del Atlántico. Durante la última semana se ha añadido una importante incorporación a la lista de los premios que se han llevado estas encantadoras invasoras. Lord St. Simon, que durante más de veinte años se ha mostrado inmune a las flechas del dios del amor, ha anunciado ya definitivamente su próximo matrimonio con la señorita Hatty Doran, la fascinante hija de un millonario californiano. La señorita Doran, cuya elegante figura y llamativo rostro atrajeron gran atención en los festejos de Westbury House, es hija única, y se rumorea insistentemente que su dote superará con creces las seis cifras, con expectativas para el futuro. Como es un secreto a voces que el duque de Balmoral se ha visto obligado a vender sus cuadros en los últimos años, y como lord St. Simon no posee más bienes que la pequeña finca de Birchmoor, resulta evidente que la heredera californiana no es la única beneficiada por una alianza que le permitirá realizar la fácil y común transición de dama republicana a paresa británica»”.
—¿Algo más? —preguntó Holmes, bostezando.
—Oh, sí; de sobra. Luego hay otra nota en el Morning Post que dice que