ominosas palabras con las que se había despedidos de mí.
- ¿Qué era aquella expedición nocturna y por qué debía ir armado?
- ¿Adónde íbamos y qué íbamos a hacer?
Holmes me había dado a entender que este lampiño asistente de prestamista era un hombre formidable, un hombre capaz de jugar una partida compleja. Intenté descifrar el enigma, pero lo di por imposible y dejé el asunto de lado hasta que la noche trajera una explicación.
Eran las nueve y cuarto cuando salí de casa y crucé el parque, y de allí por Oxford Street hasta Baker Street.
Dos hansoms aguardaban en la puerta, y al entrar en el pasillo oí el rumor de unas voces que venían de arriba.
Al entrar en su habitación, encontré a Holmes en animada conversación con dos hombres, uno de los cuales reconocí como a Peter Jones, el agente de policía oficial, mientras que el otro era un hombre alto, delgado y de rostro triste, con un sombrero muy brillante y una levita agobiantemente respetable.
—¡Ja! Ya estamos todos —dijo Holmes, abrochándose el chaquetón y cogiendo de la percha su pesada fusta de caza—. Watson, creo que usted ya conoce al señor Jones, de Scotland Yard. Permítame presentarle al señor Merryweather, que va a ser nuestro compañero en la aventura de esta noche.
“Volvemos a cazar por parejas, doctor, ya ve —dijo Jones con su habitual pedantería—. Nuestro amigo aquí presente es un hombre formidable para levantar la liebre. Lo único que necesita es un viejo sabueso que le ayude a darle alcance”.
—Espero que no acabemos persiguiendo una quimera —observó el señor Merryweather con sombría