tener la esperanza de que esta maldición se hubiera alejado de la familia y de que hubiera terminado con la última generación. Sin embargo, había empezado a consolarme demasiado pronto; ayer por la mañana el golpe cayó exactamente de la misma forma en que le había sobrevenido a mi padre.
El joven sacó del chalecito un sobre arrugado y, volviéndose hacia la mesa, desparramó sobre ella cinco pequeñas pepitas de naranja secas.
—Este es el sobre —continuó—. El matasellos es de Londres, división oriental. Dentro están exactamente las mismas palabras que contenía el último mensaje de mi padre: «K.K.K.»; y luego «Poned los documentos en el reloj de sol».
—¿Qué ha hecho? —preguntó Holmes.
“Nada.”
“¿Nada?”
“A decir verdad”—se hundió el rostro en las manos delgadas y blancas—«me he sentido indefenso. Me he sentido como uno de esos