la razón. Luego, saltando de repente sobre sus pies, se golpeó la cabeza contra la pared con tanta fuerza que ambos nos abalanzamos sobre él y lo apartamos a tirones hacia el centro de la habitación.
Sherlock Holmes lo empujó hacia el sillón y, sentándose a su lado, le palmeó la mano y le habló con el tono relajado y tranquilizador que tan bien sabía emplear.
—Ha venido usted a contarme su historia, ¿no es así? —dijo él—. Está fatigado por la prisa. Le ruego que espere hasta haberse recuperado y entonces estaré encantado de examinar cualquier pequeño problema que desee someter a mi consideración.
El hombre estuvo sentado durante un minuto o más con el pecho agitado, luchando contra su emoción. Luego se pasó el pañuelo por la frente, apretó los labios y volvió el rostro