entonces, cuando me vio por primera vez, yo era un muchacho de unos doce años. Esto debió de ser en el año 1878, después de que él hubiera pasado ocho o nueve años en Inglaterra.
Le suplicó a mi padre que me dejara vivir con él y fue muy bueno conmigo a su manera. Cuando estaba sobrio, solía divertirse jugando al chaquete y a las damas conmigo, y me convertía en su representante tanto ante los sirvientes como ante los comerciantes, de modo que a la edad de dieciséis años yo era prácticamente el amo de la casa.
Conservé todas las llaves y podía ir a donde me gustara y hacer lo que me placiera, siempre y cuando no perturbara su privacidad. Había una única excepción, sin embargo, pues tenía una sola habitación, un cuarto trastero allá arriba en los desvanes, que estaba invariablemente cerrado con llave, y en el cual nunca me permitía entrar ni a mí ni a nadie más.
Con curiosidad de muchacho he espiado por la cerradura, pero nunca pude ver más que una colección de baúles viejos y atados como cabría esperar en una habitación semejante.
“Un día —era en marzo de 1883—, una carta con sello extranjero yacía sobre la mesa, frente al plato del coronel. No era habitual que recibiera cartas, pues todas sus cuentas se pagaban al contado y no tenía amigos de ninguna clase. «¡De la India! —dijo al recogerla—. ¡Matasellos de Pondicherry! ¿Qué será esto?». Al abrirla apresuradamente, saltaron de su interior cinco pequeñas pepitas de naranja disecadas, que cayeron tintineando sobre su plato. Comencé a reír por esto, pero la risa se me heló