no tuve tiempo de sentirme solo, pues al cabo de una hora llegó el empleado de una pastelería con una caja plana muy grande.
Esto lo desempacó con la ayuda de un joven que había traído consigo, y al poco rato, para mi grandísima sorpresa, una cena fría de lo más epicúrea comenzó a extenderse sobre la modesta caoba de nuestra pensión.
Había un par de parejas de becadas frías, un faisán, un pastel de foat de gras con un grupo de botellas viejas y llenas de telarañas.
Habiendo dispuesto todos estos lujos, mis dos visitantes desaparecieron, como los genios de Las mil y una noches, sin más explicación que la de que los artículos habían sido pagados y se habían enviado a esta dirección.
Justo antes de las nueve en punto, Sherlock Holmes entró vivamente en la habitación. Sus facciones estaban muy serias, pero había un brillo en sus ojos que me hacía pensar que no se había decepcionado en sus conclusiones.
—Ya han servido la cena, pues —dijo, frotándose las manos.
“Parece que esperas compañía. Han puesto para cinco”.
—Sí, me figuro que tendremos algo de compañía que vendrá a visitarnos —dijo—. Me sorprende que lord St. Simon no haya llegado ya. ¡Ajá! Me parece oír su paso ahora mismo en la escalera.
Fue en efecto nuestro visitante de la tarde quien entró presuroso, agitando sus gafas con más vigor que nunca y con una expresión muy turbada en sus aristocráticos rasgos.
—¿Mi mensajero llegó a usted, entonces? —preguntó Holmes.
“Sí, y confieso que el