El matrimonio de lord St. Simon y su curioso desenlace hace mucho que dejaron de ser motivo de interés en las esferas aristocráticas en las que se mueve el desafortunado novio.
Nuevos escándalos lo han eclipsado, y sus detalles más picantes han alejado a los mentideros de este drama de cuatro años atrás. Como tengo motivos para creer, sin embargo, que la totalidad de los hechos nunca se ha revelado al gran público, y como mi amigo Sherlock Holmes tuvo una participación considerable en el esclarecimiento del asunto, considero que ninguna memoria sobre él estaría completa sin un pequeño esbozo de este notable episodio.
Faltaban pocas semanas para mi propia boda, en los días en que aún compartía habitación con Holmes en Baker Street, cuando este regresó de un paseo por la tarde y encontró una carta sobre la mesa que lo esperaba.
Había permanecido en casa todo el día, pues el tiempo había dado un giro repentino hacia la lluvia, con fuertes vientos otoñales, y la bala Jezail que había traído de vuelta en uno de mis miembros como recuerdo de mi campaña en Afganistán palpitaba con sorda persistencia.
Con el cuerpo en un sillón orejero y las piernas estiradas sobre otro, me había rodeado de una nube de periódicos hasta que, al fin, harto de las noticias del día, los hice a un lado y me quedé reclinado y sin ganas de nada, mirando el enorme escudo y el monograma del sobre que estaba sobre la mesa y preguntándome perezosamente quién podría ser el noble corresponsal