se me había confiado.
Por un lado, desde luego, me alegré, pues los honorarios eran al menos diez veces superiores a los que habría pedido de haber fijado yo mismo un precio por mis servicios, y era posible que este encargo me condujera a otros.
Por otra parte, el rostro y los modales de mi cliente me habían causado una impresión desagradable, y no me parecía que su explicación sobre la tierra de batanero fuera suficiente para justificar la necesidad de que acudiera a medianoche, ni su extrema inquietud ante la posibilidad de que le dijera a alguien el motivo de mi viaje.
Sin embargo, eché todos los temores a los vientos, cené abundantemente, fui en coche a Paddington y me puse en marcha, habiendo obedecido al pie de la letra la orden de