por la cantidad que había escrito y cerró con llave la puerta de la oficina tras de mí.
“Esto continuó día tras día, señor Holmes, y el sábado el director entró y soltó cuatro soberanos de oro por el trabajo de mi semana.
Fue lo mismo la semana siguiente, y lo mismo la de más arriba. Todas las mañanas estaba allí a las diez, y todas las tardes me iba a las dos. Poco a poco, el señor Duncan Ross empezó a venir una sola vez por la mañana y luego, pasado un tiempo, ya no vino en absoluto.
Aun así, por supuesto, jamás me atrevía a abandonar la habitación ni por un instante, pues no estaba seguro de cuándo podría venir, y el empleo era tan bueno, y se adaptaba tan bien a mí, que no quería arriesgarme a perderlo.
Ocho semanas pasaron de esta manera, y yo había escrito sobre Abades y Arquería y Armadura y Arquitectura y Ática, y esperaba con diligencia poder avanzar hacia las B antes de mucho tiempo. Me costó lo suyo en papel de oficio, y tenía casi una balda llena con mis escritos. Y entonces, de repente, todo aquello llegó a su fin.
¿A un fin?
—Sí, señor. Y no más tarde de esta mañana. Fui a mi trabajo como de costumbre a las diez en punto, pero la puerta estaba cerrada y con llave, con un cuadradito de cartón clavado en medio del panel con una tachuela. Aquí lo tiene, y puede leerlo usted mismo.
Sostuvo un trozo de cartulina blanca del tamaño aproximado de una hoja de bloc. Decía